viernes, 5 de junio de 2015

LA PACHAMAMA, LA MADRE TIERRA

 
La Pachamama es una deidad protectora (no propiamente creadora, interesante diferencia) cuyo nombre proviene de las lenguas originarias y significa Tierra, en el sentido de mundo. Es la que todo lo da, pero como permanecemos en su interior como parte de ella, también exige reciprocidad, lo que se pone de manifiesto en todas las expresiones rituales de su culto.

Con ella se dialoga permanentemente, no tiene ubicación espacial, está en todos lados, no hay un templo en el que vive, no tiene una morada porque es la vida misma. Si no se la atiende cuando tiene hambre o sed, produce enfermedades.

Sus rituales, justamente consisten en proporcionarle bebida y comida (challaco).

Pachamama es la naturaleza y se ofende cuando se maltrata a sus hijos: no le gusta la caza con armas de fuego. Aparecen acólitos o descendientes de ella en forma de enanos que defienden a las vicuñas en las serranías y a los árboles en las selvas. No impide la caza, la pesca y la tala, pero si la depredación, como buena reguladora de la vida de todos los que estamos en ella.
 
Pacha permitió a los hombres vivir, sembrar, cazar (aunque no en tiempos de veda), construir sus terrazas para aprovechar las lluvias, y les enseñó a usar de la naturaleza, es decir de ella misma –que también somos nosotros-, pero en la medida necesaria y suficiente. 
 
La ética derivada de su concepción impone la cooperación.

Se parte de que en todo lo que existe hay un impulso que explica su comportamiento, incluso en lo que parece materia inerte o mineral y, con mayor razón, en lo vegetal y animal, de lo que resulta que todo el espacio cósmico es viviente y está movido por una energía que conduce a relaciones de cooperación recíproca entre todos los integrantes de la totalidad cósmica.

Esta fuerza es Pacha, que es todo el cosmos y también es todo el tiempo. Así como Pacha es la totalidad, también es la poseedora del espíritu mayor: Pacha y su espíritu son uno solo aunque todos participamos de su espíritu.

A lo largo y a lo ancho de nuestra América habitan entidades sobrehumanas que representan el principio femenino y son parte de la naturaleza y la defienden.
 
La Madre Tierra no se limita a la Pachamama, sino que configura un eje cultural cordillerano, que arranca al norte en México con Tonantzin. En el lugar de su templo en Tepeyac se le presentó a Juan Diego (no por azar un indio) la Virgen de Guadalupe, con la que se sincretizó asumiendo el carácter de un símbolo nacional, bajo cuyo estandarte Hidalgo proclamó la independencia y los soldados revolucionarios de Emiliano Zapata entraron en la ciudad de México.

Al sur, la Pachamama entra al territorio argentino por el noroeste y más al sur (en Cuyo) renace en el culto de la Difunta Correa, donde no es difícil reconocer el simbolismo de la Madre Tierra en el relato de la mujer que ya muerta de sed en el desierto sigue amamantando a su niño.

No existe un paralelo exacto en el panteón africano trasplantado por el genocidio esclavista, pero todas sus entidades son fuerzas de la naturaleza que operan en el humano, lo que puede observarse en Brasil y en el Caribe, y como cultos de posesión, al descender en el humano verifican su unidad con la naturaleza al tiempo que le dignifican el cuerpo.

La cosmovisión africana impone al humano vivir de acuerdo con la fuerza natural que le es más cercana o afín a su personalidad, respetarla en su propio ser, y así, al mismo tiempo, hacerla su deidad protectora frente a algunas de las otras fuerzas que pueden perjudicarle por efecto de manipulaciones de algunos perversos. Se trata de un modo diferente de convivir con las fuerzas de la naturaleza, pero que por su carácter de culto de posesión no lo hacen ajeno a ellas.

No dudamos que en el afán por minimizar la importancia de la ecología constitucional se intentará desvalorar la invocación de la Pachamama y del buen vivir como su derivación ética fundamental por otra vía, o sea, subestimando a la propia Pachamama, reduciéndola a un arquetipo nada original.

No nos parece difícil sostener que la Pachamama sea un arquetipo conforme al concepto de Jung, quien expresamente se refirió a la Gran Madre en un sentido muy amplio y tan abarcativo como Gaia: para Jung materia era una versión racional o científica de Madre (Mater), la esencia del todo.

Lejos de minimizar su significación, la tesis de Jung le otorga la jerarquía universal de pertenencia al inconsciente colectivo común a toda la humanidad.


De aceptarse la discutida tesis de Jung sobre el inconsciente colectivo (acerca de la que no abrimos juicio), la Pachamama sería la manifestación concreta de un vestigio de la evolución humana marcado en forma indeleble en todos los humanos, que por algo fundamental, como pueden ser las experiencias elementales de supervivencia, habría quedado tan profundamente sellado en todos nosotros.
 
La incorporación de la Pachamama al derecho constitucional sería nada menos que la de un arquetipo universal existente en todo humano como resultado de las experiencias de supervivencia de la especie a lo largo de la evolución. Lejos de provocar una subestimación de esta incorporación, esta tesis (de ser correcta) la exaltaría.



 

 

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