sábado, 29 de agosto de 2015

LOS DIOSES DE LOS NAHUAS


La visión del mundo de los propios nahuas en un preciso momento histórico excluía cualquier punto convergente entre los dioses y los hombres, y por lo tanto los primeros no podían formar parte del modo visible de la vida de los mortales. Los hombres podían invocar al dador de vida, más no podían sostener un diálogo con él.

Las innumerables preguntas acerca del sentido de la vida de su fugacidad, la duda acerca de qué es lo real y qué es un sueño, se quedaba en el ámbito de pensamiento filosófico de la clase sacerdotal y gobernante.

Ignoramos los sentimientos del esclavo que iba a morir en la piedra de los sacrificios o de la madre a quien arrebataban al hijo para ofrendarlo a los dioses. Lo más verosímil por falta de testimonios escritos que reflejaran el estado psicológico de las víctimas o de los que presenciaron el sacrificio nos induce a pensar que esta enorme masa del pueblo, educada en la creencia de que el Sol necesitaba sangre para vivir y seguir alumbrando al mundo, ignoraba el conflicto que nace entre el sentimiento de deber y el dolor, entre el deber y el temor, el deber y la rebelión.

La creencia de que el sacrificio tiene una fuerza mágica para detener el mal se manifiesta todavía en algunos pueblos.

 
Basarse únicamente en los testimonios de los que presenciaron estos actos con ojos occidentales y consideraron el sacrificio únicamente como un acto de barbarie, ignorando su significado ritual, íntimamente ligado a la visión religiosa del mundo de los antiguos nahuas, será si no falsificar, sí empobrecer el significado de mismo acto. Lo que a los ojos de los occidentales parecía cruel y trágico, en realidad era el cumplimiento del más alto deber humano para estos hombres.

De los dioses no se habla, se menciona su voluntad y deseos, pero ellos mismos no se presentan en forma humana, no participan en la vida de los seres humanos, no los asisten ni los castigan, no dirigen sus actos, no se interponen a lo que ellos emprenden de modo visible, por medio de acción o de palabra directa.

Mientras el dios cristiano vive independientemente del hombre, entre los dioses del mundo prehispánico y los hombres existe una dependencia mutua, según el cristianismo el hombre es libre en la elección del mal y el bien, mientras que el hombre prehispánico no tenía esa libertad; el cristianismo subraya la necesidad de salvar el alma, mientras que los indígenas imploran por los bienes materiales.

Los dioses de la cultura náhuatl a pesar de que aparecen en innumerables leyendas, son en el momento de la conquista todavía más bien fuerzas sobrenaturales que seres de carne y huesos.

Esta mitología de los hombres-dioses son solitarios sobre toda medida natural, sin la cual no sería posible comprender la opresión de la masa de los hombres. Los dioses se colocan en lugar más preponderante que los hombres.

Aún en el poema que cuenta cómo Quetzalcóatl rescató los huesos preciosos en el reino de la muerte para crear al hombre y darle el sustento -el maíz-, el primer lugar lo ocupan las hazañas del dios mismo y no el ser creado por él.


Por un lado, los griegos acercaron a los dioses lo más posible a los hombres, mientras que los prehispánicos, consideraban la vida como un sueño: "Puede que nadie diga la verdad en la tierra", y alejaron a los dioses a distancias inalcanzables para el hombre.

Los dioses griegos tienen un poder mucho más amplio sobre los hombres, pero no absoluto; los dioses de la cultura náhuatl tienen un poder absoluto sobre el hombre y además tienen el deseo de divertirse o complacerse con el espectáculo de los seres transitorios. Ometeotl, el dios viejo, tiene a los hombres en el centro mismo de su mano y allí, sosteniendo y dominando a los pobres macehuales: los hombres, introduce la acción en el mundo: "nos está moviendo a su antojo... él de nosotros se ríe", y el hombre no encuentra una contestación satisfactoria a las preguntas que le acechan. Los griegos se sienten en confianza con los dioses y éstos tienen amores con los mortales; los antiguos mexicanos tienen miedo de sus dioses, a pesar de que saben que ellos les deben todo el sustento. Ningún dios prehispánico puso sus ojos sobre un mortal. Ningún mortal puso en duda los designios de dios.

De los dioses de la cultura náhuatl sabemos muy poco, no sabemos quienes fueron sus hijos; no hay comparación con el amor, sexo, celos, bigamia e incesto de los dioses griegos. Del árbol genealógico de los dioses mexicanos se sabe poco, y eso sólo en cuanto a los dioses principales; no hay celos unos de otro, y no luchan entre sí por el poder, a excepto de Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, ya que éste último es derrotado y expulsado de Tula.

Así pues, en el mundo náhuatl, el hombre está agobiado por el peso de los dioses y encadenado por su omnipotencia.

En ningún momento un hombre puede ser digno compañero de los dioses, ni éstos, rebajarse a su nivel, mezclarse con los seres humanos.

Sus dioses tienen que permanecer más allá de la experiencia humana. Los hombres eran vasallos de los dioses y nada más. Ser vasallo de los dioses es el fin y el objeto de la existencia del hombre.

Los dioses nunca bajan a la tierra para mezclarse con el hombre, no adoptan el aspecto humano, no hablan con mortales, no cometen incestos y si lo hacen como Quetzalcóatl, se les considera impuros y tienen que abandonar su reino y se transforman en perros o en serpientes. Sus dioses no se divierten, no cortan flores en el campo, no huyen del amor ni tratan de conquistarlo; no viajan en carros de oro, no beben, no atraviesan en el mundo de los muertos en busca de la mujer amada.

El único sentimiento bien definido del que se habla en las crónicas antiguas es el deseo de obtener el precioso líquido, la sangre humana para sostener el universo y asegurar su continuidad.

El dios que más se asemeja a Prometeo en el panteón de los antiguos mexicanos es Quetzalcóatl, el dios supremo, el sabio, el benefactor de la humanidad, el creador de uno de los "soles" y del hombre; el dios que robó a la hormiga colorada el sustento elemental de la raza humana: el maíz.

La edad de múltiples rostros que reflejan "por encima de todo, sabiduría extraordinaria e inclinación constante de favorecer a los seres humanos".

La diferencia esencial reside en que Quetzalcóatl en ninguno de sus actos se opone a la voluntad de otros dioses y en ningún momento corre el riesgo de atraer sobre sí su ira; no crea al hombre por su propia voluntad, sino que ejecuta el mandato de los dioses a quienes quiere ayudar a resolver el problema de cómo poblar la tierra. Además al ver los hombres ya creados dijeron: "han nacido los vasallos de los dioses".

Quetzalcóatl no crea pues un ser que podría oponerse a los dioses, sino que va a ser su vasallo, o sea, hace un acto contrario al Prometeo quien, al robar el fuego, entrega a los hombres un arma que les permitirá liberarse del poder divino y buscar su camino por su propio razonamiento.

Lo mismo ocurre con el robo del maíz. No es Quetzalcóatl solo quien se preocupa por el sustento del hombre, son todos los dioses quienes se plantean la pregunta de cómo alimentar a los seres creados y "ya todos buscan alimento". Mientras Prometeo, al entregar el fuego, hace del hombre un rival de los dioses: al poseer la técnica, las artes, la ciencia, los hombres se iban a liberar del poderío de los dioses. Al convertirse en seres racionales, los hombres podían dominar la naturaleza, liberarse de la voluntad y órdenes divinas.

Quetzalcóatl no yerra de modo consciente; es víctima de un complot de otros sacerdotes y su pecado lo aterroriza.

No trata de buscar una salida, deshacer el mundo, ni por su propio bien ni por el bien de su pueblo. Escoge el camino del castigo ejemplar y muere por su propia voluntad, quemándose en el fuego. Al entrar en conflicto con las leyes divinas, sociales, éticas y morales de su tiempo, Quetzalcóatl no se debate, no se pregunta, no se opone; avergonzado acepta su tragedia y con eso dejar de ser un héroe.

La fiesta religiosa de los antiguos mexicanos, tendría para nosotros un sentido más amplio diferente al occidental. Eran mucho más acontecimiento que representaciones. Un acontecimiento cuyo fin era liberar a los espectadores, que al mismo tiempo eran actores, del miedo a las fuerzas sobrenaturales, del terror que les infundían los dioses esotéricos. La diversión y la alegría eran elementos secundarios, lo esencial era ganar la gracia de los dioses, aplacar sus iras, descifrar sus propósitos y colaborar con ellos en asegurar la existencia del mundo por medio de la sangre derramada. Para acercarse a los dioses, los actores en las fiestas religiosas se vestían de animales, se transformaban en tigres y coyotes, águilas y serpientes: se cubrían de plumas, imitaban las aves del agua en sus movimientos y voces; se convertían en mariposas, flores, plantas e insectos; se pintaban de colores sagrados: negro, blanco, rojo y azul; ejecutaban movimientos con significado oculto que sólo para ellos era conocido; así, para los que contemplaban el espectáculo desde fuera, como soldados y frailes, la fiesta religiosa era simplemente obra del demonio.

Curiosamente en el siglo XX se vuelve la mirada hacia las fiestas prehispánicas, espectáculo "cuyos ritos y danzas sacras son la forma más bella y únicas que puede en realidad justificarse". Hoy día vemos en la fiesta religiosa prehispánica, en el afán de comprender el "acontecimiento" religioso, un drama humano relacionado con las fuerzas cósmicas que regían la vida del hombre, una guerra contra el destino, contra el fatalismo.

Por lo tanto, la fiesta religiosa no era un reflejo de la vida, sino la vida misma; se refleja la vida del hombre, su pensamiento, su visión del mundo; en ella los ayunos, plegarias, comidas y danzas, cantos y música, pintura y adornos faciales, máscaras y plumajes, ritos y magia, ceremonias oscuras y complejas, todo lo que rodea al ser humano, tiene un doble sentido; todo es signo, un signo complicado e irrevocable.

Un espectáculo que siempre tiene que desembocar en la muerte, en estos espectáculos religiosos el hombre juega un papel insignificante, sus pasos desde el nacimiento están vigilados por fuerzas invisibles, sus actos de adultos determinados de antemano. Sus dioses son encarnaciones de las fuerzas de la naturaleza, crueles, despiadados, el papel del hombre se limita a aclararlos, a asegurar el poder de los dioses y ofrecerles sus máximos dones: su propia sangre y corazón.

La fiesta de los nahuas es la máxima expresión de un fanatismo religioso, ese fanatismo que lleva a un hombre a la piedra de los sacrificios.

El mundo fue creado, según los antiguos mexicanos, por una pareja divina: Ometecuhtl "el Señor de la dualidad" y Omecíhuatl "la Señora de la dualidad". Una de las leyendas dice que el sol creado necesitaba sangre para iniciar su marcha sobre la bóveda celeste: "entonces los dioses se sacrificaron y el sol, sacándose vida de su muerte, comenzó su curso en el cielo".

He aquí el punto de partida: el momento en que comienza el drama de la humanidad ligada para siempre con el sol.

El mundo se creó y fue destruido cuatro veces y cada una de estas veces lleva el nombre del "Sol". Cada época duraba 52 años solares de 365 días y para que una nueva época pudiera surgir, para que el Sol pudiera alumbrar de nuevo en la tierra, para que no se rompiera la regularidad del proceso cósmico, había que alimentar al sol: lo más precioso que el hombre posee, su sangre: chalchíuatl, la sustancia mágica, el sacrificio que despierta tanto horror en los cronistas españoles: "No creo que haya corazón tan duro que oyendo una crueldad tan inhumana, y más que bestial y endiablada, no se enternezca y mueva a lágrimas, horror y espanto".

No sólo es Tonatiúh quien vive gracias a este alimento sagrado. Sin él, no pueden existir otros dioses: Tláloc, dios de la lluvia. Ni "nuestra abuela" Toci, ni el dios del fuego Xiuhtecuhtl, ni Xilonen la mazorca tierna, ni Centeotl dios del maíz.

El pueblo náhuatl, cuya estructura económica es básicamente agrícola, veneran a los dioses de la vegetación.

De la masa del maíz se forman los dioses, el maíz se come, el maíz sirve de adorno a las doncellas. El maíz es el símbolo de la renovación de la naturaleza, pero a la vez es la renovación del hombre mismo.

Se agrupaban a todos los seres según los puntos cardinales y la dirección central, o de abajo arriba. Por eso en la inutilidad es tan importante el número 4 como para los occidentales es el número 3.

Todo el mundo: los animales, los dioses, los días, los nombres, los colores quedan agrupados en estas cuatro direcciones. El hombre recibe el nombre del día en que nace, los días a su vez agrupados en el calendario ritual se dividen en cuatro partes de 65 días cada una que corresponde al Este, Oeste, Sur y Norte.

Cuatro fueron los hijos engendrados por la primera pareja: Los tres Tezcatlipocas y Quetzalcóatl, cuatro los dioses que crearon al dios y la diosa del agua, que a su vez tenían un aposento de cuatro cuartas; los cuatro dioses ordenaron hacer por el centro de la tierra cuatro caminos para entrar por ellos y alzar el cielo; cuatro fueron las primeras destrucciones, cuatro "soles" edades antes de que surgiera el mundo actual, cuatro direcciones tiene el segundo juego de pelota.

Junto al número cuatro, los números importantes son: el nueve que es el número del inframundo, es el número de los días maléficos, es el número de la tierra y lugares subterráneos.

El trece son los cielos donde la pareja divina espera la destrucción del mundo actual para construir el mundo nuevo.

El veinte es el número del hombre; es la suma de los dedos de las manos y de los pies. Veinte son los días de las trece unidades (meses), veinte es el cuatro por cinco y cuatro es el número del sol y cinco es la quinta dirección del mundo, de arriba abajo, los cuatro colores: rojo, azul, negro y blanco los colores de los cuatro puntos cardinales del mundo, más el amarillo, el color del sol.

La palabra "flor" tiene un significado distinto cada vez. El "agua florida", es simbólicamente la sangre, las "flores que bailan" son los guerreros. Las "flores que se ambicionan" son los cautivos que serán inmolados en el altar del sacrificio. Por fin "la flor" es ya el mismo canto y es la flor divina que de la mansión de los cantos baja.

Si nos hemos detenido con tanta insistencia en las explicaciones de los símbolos del mundo de los antiguos mexicanos, es para poner lo complejo de aquel pensamiento en que el significado de cada acto, de cada cosa, residía en su relación con otros. Este simbolismo, quedó oculto para los cronistas españoles. En aquel espectáculo religioso todo era obra del demonio, por él dirigido y a él dedicado; este sentido impregnó la literatura y pensamiento occidental y sólo cuatrocientos años después de haber sido cortada aquella civilización, después del triunfo de la Revolución, cuando en México se opera un fenómeno llamado "la vuelta a las raíces", comienza a surgir el interés por aquel mundo desaparecido y su mitología, tan diferente de la griega y de la cristiana, cuyo centro lo constituye el sol y en el que el sentimiento más poderoso es el temor.

 

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