No hay tehuelche que no lo sepa. Antes de la llegada de los primeros hombres blancos, ellos conocían muy bien cómo se originaron el mar y la dilatada meseta patagónica, el mundo ventoso y frío donde pasaban sus vidas.
En el principio, dicen, estaba Kooch, sentado solo en medio de la niebla. ¿Cuánto llevaba allí? La eternidad le pesaba en el corazón… Sin poder evitarlo, comenzó a llorar de tristeza.
Terrible era eso. El agua corría en torrentes desde sus ojos y se acumulaba a sus pies. Subía y subía. Cuando estaba a punto de cubrirlo, Kooch dejó de llorar y lanzó un suspiro, tan poderoso que disipó la niebla. Sin querer, había creado el primer mar y el primer viento, que encrespaba las olas.
Intrigado, quiso ver su obra. Se alejó un poco en el espacio y levantó un brazo, abriendo una gran brecha en la oscuridad. La fuerza de su golpe generó una chispa inmensa, que fue a alumbrar sobre el mar. Así nació Xaleshen, el sol.
Y del sol surgieron las nubes, que proyectaron sus sombras ligeras en ese mundo recién creado.
Kooch, al contemplarlo, decidió que algo faltaba en esa gran extensión de agua, e hizo surgir una isla. Enseguida la rodeó de cardúmenes y la pobló de vida.
El viento, sobre ella, se convirtió en brisa, y las nubes dejaron caer una lluvia suave que hizo crecer la vegetación.
Kooch, satisfecho, creó una segunda isla junto a la primera y se marchó al horizonte.
Pero Tons, la oscuridad, todavía estaba sobre el mundo, y allí, en las islas, dejó a sus hijos, los gigantes, para que las hicieran suyas.
Uno de ellos, llamado Noshtex, deseaba a la nube Teo. Día y noche se quedaba viéndola embobado, cuando paseaba con sus hermanas.
