Wayra cada mañana solía despertar a los tunquis, pilcos y picaflores, deleitándose luego con sus vuelos y dándoles el lenguaje del viento para volar.
Wayra siempre inquieto y juguetón, acompañaba cada mañana a Mayu su hermano, cuando éste recorría el bosque. La alianza entre éstos era de irrigar el bosque y refrescarlo para que la madre suprema mantenga su presencia divina en el orden cíclico del tiempo.
Wayra había ayudado a las aves a modular sus cantos y darles una melodía y tono particular. Un día quiso hacer algo similar con los humanos, como había tantos quiso elegir uno muy trabajador. Inmediatamente pensó en aquél agricultor que pasaba cada mañana por las riberas de mayu, vio que éste era un gran hombre de familia y de campo, que muy temprano acudía a cuidar a sus animales y trabajar su chacra, vio además, que regresaba muy tarde cuando casi la luz de tata inti se ocultaba en el horizonte. Tananta así se llamaba el agricultor sería en adelante su elegido.
Decidió así, regalarle el silbido para acompañar su largo trayecto por medio de la Selva. Tananta en adelante, caminaría alegre y rítmicamente al son de sus silbidos, siendo éstos casi semejantes al canto de los pájaros. Ese sería el nuevo convenio.
Un día Mayu se percató que Tananta silbaba casi como un pájaro e inmediatamente se dio cuenta que el único que podía darle esa facultad a los humanos no era otro que Wayra su hermano.