sábado, 18 de abril de 2015

LA MEDICINA TIBETANA

Fuente: El Arte Tibetano de la Sanación
(Martinez Roca Ediciones)
 

Buda afirmó hace miles de años que el sufrimiento es un instrumento de liberación, y esta es, precisamente, la base de la medicina tibetana tanto en el pasado como en nuestros días.
 
Con el objetivo de ayudarnos a entender la difícil prueba de la enfermedad, los sabios budistas nos han dejado el legado de las pinturas de los Tantras Médicos. Dicen que su sola contemplación puede modificar el estado del cuerpo y del espíritu.

 
La cualidad única de la medicina tibetana se halla no sólo en el claro compromiso de sanar el cuerpo humano de males y enfermedades, sino así mismo en su revelación de un camino a través del cual el cuerpo, la mente y el espíritu se pueden liberar de los sufrimientos de una existencia condicionada.

Según la tradición tibetana, el Buda, al emanar como "El Señor de los Remedios", estableció, hace miles de años, las bases de la medicina tibetana en la forma de los Gyushi o los Cuatro Tantras Médicos. En el siglo XVII, Sangye Gyamtso, regente del Quinto Dalai Lama, escribió un comentario a los Gyushi que conocemos con el título de Berilo Azul, que ilustró con una serie de extraordinarias pinturas recreadas por el artista tibetano Romio Shrestha, que permitían comprender el enfoque tibetano budista de la salud, la sanación y la espiritualidad.
 
Los médicos tibetanos dedicaron años de estudio a estas pinturas, si bien el propio Gyamtso afirmó que "fueron establecidas para que el contenido de los tantras médicos resultase perceptible para cualquier persona, desde el estudioso hasta el niño, con tanta claridad como se puede ver una planta de mirobálano en la palma de la mano".
 

Hace unos 2.500 años, el Buda Sakyamuni, afligido ante la perspectiva de la ancianidad, el debilitamiento y la muerte, descubrió un camino a través del cual se podía aliviar el sufrimiento. Las escrituras budistas más antiguas describen el sufrimiento como algo que surge de nuestros intentos habituales de afianzarnos en un universo en perpetuo cambio. El Buda enseñaba que un excesivo apego, sobre todo al propio cuerpo, da lugar al sufrimiento, pues la impermanencia y el cambio son algo esencial a toda vida: a través de la meditación, se atenúa gradualmente la identificación con el ego y se desarrolla la intuición de la naturaleza evanescente de toda existencia. La correcta compresión lleva al nirvana, al cese de todo sufrimiento.
 
Pero la aspiración budista no consistía ya en asegurar la salvación personal, sino en luchar en beneficio de los seres sensibles. La compasión era la energía esencial que animaba la existencia. Por eso el voto solemne del bodhisatha (hombre iluminado) de trabajar en beneficio de todos los seres convirtió la actividad compasiva y el alivio del sufrimiento humano en los ideales budistas fundamentales. Así, en el siglo II a.C. se inició una renovación en el pensamiento y prácticas budistas inspirada por los escritos conocidos como movimiento Mahayana o Gran Vehículo y durante este período la sanación de los enfermos se convirtió en un método práctico de vivir conforme a la virtud del servicio altruista.

 
Pero fue con la revelación de los textos y prácticas secretas que aseguran la liberación, los Tantras Médicos, cuando el arte budista de la sanación alcanzó su pleno desarrollo. En ellos, el cuerpo ya no era tenido como un obtáculo en el camino de la iluminación, sino en el principal vehículo para lograrla. Tal como se afirmaba en los Tantras: "este cuerpo es el cuerpo mismo de los Budas, más precioso que la más preciada de las joyas". En los Tantras, el cuerpo es mostrado como una morada de energías dormidas que, cultivadas de un modo adecuado, se manifiestan en cuerpo de luz.
 

A partir del siglo VII, esta vía tántrica esotérica llegó al Tibet procedente de la India gracias a las enseñanzas del sabio Padmasambhava. Bajo el reinado del monarca Songtsen Gampo, apareció en el Tibet un sistema sofisticado de conocimientos médicos en el que quedó plasmada la búsqueda de la sanación y la totalidad, el sueño eterno de la especie humana.

La formación del médico tibetano engloba todos los aspectos de las artes de la sanación, desde la identificación y procesamiento de las plantas medicinales hasta la empatía meditativa, esencial para un diagnóstico certero.

Después de pasar por catorce años de educación primaria, la formación de médico requiere entre cinco y doce años de riguroso estudio, período durante el que desarrolla habilidades prácticas en los campos del diagnóstico por el pulso, la farmacología, la acupuntura, la moxibustión y los métodos para potenciar y modificar las sustancias medicinales.
 

En la medicina tibetana las cualidades internas de un médico se consideran tan importantes como sus conocimientos académicos. "El saber y la habilidad por sí solos no bastan para ser un buen médico -escribió el doctor Dhondrop-. El amor, la bondad y la compasión hacia los pacientes, así como un sincero esfuerzo por compartir su tensión y aflicción, son cualidades de importancia igual, si no mayor". En consecuencia los ideales budistas de sabiduría y compasión son esenciales en su formación y los médicos aún hoy día inician el día visualizandose en forma de Buda de la Medicina y recitan los textos que invocan su presencia "...que pueda alcanzar pronto las facultades del Buda de la Medicina y llevar a todos los seres a su iluminado reino".
 
El arte tibetano de la sanación, practicado actualmente en todo el Tibet y las regiones himalayas de Ladakh, Nepal, Sikkim y Bután es transmitido aún hoy de generación en generación en las familias o, de un modo más sistemático, a través de la Escuela de Medicina Tibetana en Lhasa, o del Instituto de Medicina Tibetana fundado en 1.961 en Dharamsala, en el norte de la India, sede del gobierno tibetano en el exilio.

Tras la huida de la población del Tibet ocupado por la China maoísta, la medicina tibetana ha experimentado un proceso de desarrollo continuado que incluye la formulación de nuevos remedios para el tratamiento del cáncer y las enfermedades del sistema inmunológico. Tal como ha declarado el actual Dalai Lama: "La medicina tibetana es un sistema integrado de salud que ha servido con eficacia a su pueblo durante siglos y creo que puede ser aún muy beneficiosa para el conjunto de la humanidad".

Las visitas realizadas por médicos tibetanos a Europa y Estados Unidos han conducido al desarrollo de nuevas investigaciones en los campos de la interacción mente/cuerpo, así como a un fructífero tratamiento de una variedad de enfermedades resistentes a la terapia convencional. El doctor Selzer, cirujano de la Universidad de Yale, al comentar su encuentro con el médico tibetano Yeshi Donden, señaló que en "Occidente no tenemos nada parecido. Se trata de una dimensión de la medicina de la que aún no somos conscientes".
 

Antes de emprender el camino de la sanación y de la liberación, el Buda señaló que uno debe experimentar plenamente la desconcertante realidad del dolor y la satisfacción. Tal como Buda dijo, la comtemplación de la enfermedad, sobre todo la propia, nos incita a la compasión y a la inesperada posibilidad de totalidad e integración. Si bien la medicina tibetana reconoce la influencia de los agentes patógenos en la generación de la enfermedad, las fuerzas de la avaricia y la agresividad enraizadas en la ignoracia humana se consideran las tres aflicciones primordiales a partir de las que se derivan todas las demás.

El hecho de reconocer estos tres "venenos de la mente" ofrece la posibilidad de percibir los orígenes de toda enfermedad y el primer paso en el desarrollo de la sabiduría. Tal como se cuenta que el propio Buda afirmó, "toda vida es sufrimiento. Cuando uno así lo percibe con claridad, el sufrimiento deja de existir". La enfermedad tiene el efecto de perturbar el conjunto de nuestras rutinas y actos cotidianos normales como un incentivo para que volvamos a evaluar nuestras vidas.
 

Sogyal Rinpoche escribió que "las épocas en que sufres son aquellas en las cuales estás más abierto, y allí donde eres sumamente vulnerable puede ser el lugar donde se halle la mayor fuerza...".

Los médicos del Tibet sostienen que la enfermedad permite comprender mucho mejor que la buena salud como funciona la mente. Una de las meditaciones más profundas del budismo tibetano es la del tonglen o del "dar y recibir". En esta práctica, basada en la respiración, cuando se aspira se absorve el sufrimiento de toda la humanidad, y al espirar se exhala el propio bienestar. Esto se hace no sólo cuando uno se siente fuerte, sino también cuando se halla afectado por la enfermedad. Tal como explican los lamas, no se debe imaginar que desaparece el propio dolor, sino que uno mismo se carga aún con más dolor, con el sufrimiento de todos los seres sensibles. Al hacerlo conforme a estas pautas, el cuerpo se relaja y curiosamente el propio dolor comienza a disminuir. En este sentido Sogyal Rinpoche recomendaba lo siguiente: "hagas lo que hagas, no aisles ni separes tu propio dolor. Por muy desesperado que estés, acepta tu dolor tal como es, porque, de hecho, to dolor intenta entregarte un don inestimable, la oportunidad de descubrir que se hace manifiesto más allá de tu sufrimiento".
 
La muerte y las enfermedades terminales hacen que nos adecuemos al carácter efímero denuestros cuerpos físicos y a la fugaz naturaleza de toda existencia. Si es negada o reprimida, esta conciencia puede conducir a la locura y la depresión. Integrada, puede liberarnos de los temores y las esperanzas insostenibles de permanencia que limitan nuestra vida.
 

Mientras no admitamos estas imágenes en nuestra conciencia, nuestras vidas constarán de un sinfín de evasiones, sin alcanzar nunca la claridad y espontaneidad del estado de despertar consciente y la posibilidad de una totalidad radical a la que el sufrimiento no puede afectar. "Cuando finalmente tus fuerzas vitales se desintegren -afirmó el VII Dalai Lama-, contempla como los elementos del cuerpo se disuelven. Entonces, como si recobraras a un viejo amigo, recibe con ilusión la clara luz de la muerte". A lo que Sogyal Rinpoche añadió: " la vida y la muerte están en la mente y en ningún otro lugar. La mente es la creadora de la enfermedad y del sufrimiento, el hacedor de lo que denominamos vida y de lo que llamamos muerte".
 
La verdadera sanación, al igual que la iluminación, depende de una fe inquebrantable en la sabiduría y luminosidad de nuestra naturaleza más íntima. Como ayuda en este difícil camino de autodescubrimiento, las pinturas de los Tantras Médicos tibetanos nos atraen al mágico reino de la compasión y la creatividad.
 
Como sugiere el Berilo Azul, si permanecemos abiertos a sus influencias sanadoras, todas las aflicciones y emociones falaces serán finalmente liberadas en la gran expansión de la Luz que todo lo impregna.
 
 
Extracto del libro "El Arte Tibetano de la Sanación".
Publicado por Ediciones Martinez-Roca.


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