miércoles, 15 de junio de 2016

LA CREACIÓN DE LOS DIOSES MESOAMERICANOS


El hombre tiene el poder de crear a los dioses. Los hace con sus virtudes y defectos, con su bondad y maldad, con su vida y su muerte. 

El hombre prehispánico vivía y moría de acuerdo a la voluntad de los dioses y éstos regían todos los ámbitos del universo, desde la creación de otros dioses, hasta los diversos niveles de la estructura universal -tierra, cielo e inframundo; a la vez que eran los señores del tiempo. 

Crearon el calendario, el fuego, el sol y la luna y en portento maravilloso lograron darle presencia al hombre, centro de la atención de los dioses que de esta manera retribuyen al hombre mismo el acto creador que éste ha realizado, al darles vida y declinar en ellos los actos de creación que a través del mito cobran fuerza y realidad.

En la Historia de los mexicanos por sus pinturas podemos leer cómo correspondió a los dioses realizar los actos de creación antes dichos. Dice así el relato: 

"Pasados seiscientos años del nacimiento de los cuatro dioses hermanos, y hijos de Tonacatecli (Tonacatecuhtli), se juntaron todos cuatro y dijeron que era bien que ordenasen lo que habían de hacer, y la ley que habían de tener, y todos cometieron a Quetzalcóatl y a Uchilobi (Huitzilopochtli), que ellos dos lo ordenasen; y estos dos, por comisión y parecer de los otros, hicieron luego el fuego. 

Hicieron medio sol, el cual por no ser entero no relumbraba mucho sino poco. 

Luego hicieron a un hombre y a una mujer: al hombre le llamaron Uxumuco, y a ella Cipastonal; y mandáronles que labrasen la tierra, y que ella hilase y tejiese, que de ellos nacerían los macehuales, y que no holgasen sino que siempre trabajasen; a ella le dieron los dioses ciertos granos de maíz, para que con ellos curase y usase de adivinanzas y hechicerías, y así lo usan hoy día las mujeres.

Luego hicieron los días y los partieron en meses, dando a cada mes veinte días y así tenía diez y ocho, y tres cientos y sesenta días en el año; como se dirá adelante. 

Hicieron luego a Mitlitlatteclet (Mictlantecuhtli) y a Michitecaciglat (Mictecacíhuatl), marido y mujer; estos eran dioses del infierno. Los pusieron en él y luego criaron los cielos, allende del treceno, e hicieron el agua, y en ella criaron a un peje grande que se dice cipoahcuacli (Cipactli), que es como caimán; de éste peje hicieron la tierra..."
(Historia..., 1886.)

Del relato anterior podemos destacar varias cosas. En primer lugar, la presencia de la dualidad como elemento fundamental para crear a otros dioses. Esto está presente en la mención de Tonacatecuhtli, señor de nuestro sustento, que encierra en sí la pareja primigenia creadora que por otro nombre tienen los de Ometecuhtli y Omecíhuatl, el señor y la señora Dos. Habitan en el treceavo cielo (el Omeyocan o lugar Dos) como principio dual también sintetizado en Ometéotl. Dos serán los dioses que asuman la misión de los actos de creación: Quetzalcóatl y Huitzilopochtli y dos serán también -hombre y mujer- a quienes se les asignen las labores cotidianas. A ello hay que agregar que, al momento de crear los diversos niveles de su concepción universal, la pareja creadora ubica a dos dioses en el inframundo como equilibrio, con Ometéotl. Y aún hay quien duda que el principio esencial del mundo prehispánico fue la dualidad. . . 

¿De dónde partía el principio dual? Manifestada a través de la poesía y de los mitos, la dualidad estaba presente en la naturaleza. La necesidad del agua para que nacieran las plantas llevó a los pueblos mesoamericanos a la observación constante de los ciclos de lluvia y de secas; conforme a ello elaboró un calendario en donde los dioses tenían relación con ambos aspectos. 

La misma estructura del universo se concebía con tres niveles (y a hemos visto en el relato cómo fueron creados) y cuatro rumbos regidos cada uno por un dios, un glifo, un color y un árbol. Pero esa estructura a su vez se formaba de contrapartes: 

El norte era el lugar del frío y de la muerte, de lo seco; en tanto que el sur lo era de lo húmedo y de la fertilidad. Otro tanto ocurría con el Este y el Oeste. Al primero correspondían el color rojo y el glifo caña; era el lugar por donde salía el Sol después de haber alumbrado el mundo de los muertos acompañado de los guerreros muertos en combate y sacrificio, a los que se les destinaba ir con el Sol desde el amanecer hasta el mediodía. Por lo tanto, era el rumbo masculino del universo; a diferencia del Oeste que se relacionaba con lo femenino, pues las mujeres muertas en parto se convertían en Cihuateteo, mujeres diosas; a las que se les deparaba acompañar al Sol desde el mediodía hasta el atardecer, de ahí que a este rumbo se le conozca como Cihuatlampa o rumbo de las mujeres. Así pues, este mundo de dualidades quedó plasmado de manera significativa en la concepción del universo, en los dioses mismos y en el quehacer cotidiano del hombre mesoamericano.

Otros pueblos de Mesoamérica muestran similitud con lo antes dicho. En el Popol-Vuh, Libro Sagrado de los Quichés, podemos leer cómo la dualidad Tepeu Gucumatz va a crear la tierra y a separarla de las aguas, pero su principal preocupación es la creación del hombre: 

"No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación hasta que exista la criatura humana, el hombre formado", dijeron los dioses. 

Y luego crearon a la pareja de ancianos; nuestros abuelos llamados Ixpiyacoc e Ixmucané, equivalentes a Cipactonal y Oxomoco, y les dijeron:

"Entrad, pues, en consulta, abuelo, abuela, nuestra abuela, nuestro abuelo, Ixpiyacoc, Ixmucané, haced que aclare, que amanezca, que seamos invocados. que seamos adorados, que seamos recordados por el hombre creado, por el hombre formado, por el hombre mortal, haced que así se haga." (Popol-Vuh.)

Finalmente el hombre va a ser creado del maíz, la planta primigenia que los dioses han conservado para los hombres. Y una vez más la dualidad estará presente en el viejo relato maya cuando son creados los jóvenes Hunahpú e Ixbalanqué a quienes les corresponde ir al mundo de los muertos, a Xibalbá, en donde tras grandes peripecias que acompañan el viaje al inframundo juegan a la pelota y derrotan a los señores de Xibalbá.

Las similitudes son asombrosas. Bien podemos afirmar que estamos ante una religión mesoamericana con las variantes propias de cada región, la que le imprime su sello particular. Y es que las necesidades de estos pueblos requieren de respuestas similares que el hombre deposita en manos de los dioses. 

Algo importante se desprende de las palabras del Popol-Vuh y de los relatos nahuas: el hombre es el centro de preocupación de los dioses y se les va a crear para que los adoren y recuerden... Y surge el ritual. 

Será a través del rito que los hombres recreen los mitos y rindan culto a los dioses: el juego de pelota, las ofrendas, el sacrificio, los templos, los espacios sagrados, todo va dirigido al culto. Se repiten ceremonias que recuerdan los actos de creación, el nacimiento de determinado dios, la lucha entre la noche y el día simbolizada en el juego de pelota... 

En fin, que el hombre, creado por la penitencia y por la muerte ritual de los dioses les retribuye con creces la razón de haber sido creado. 

De esta manera el hombre mantiene el equilibrio del universo a través del sacrificio, del ritual, de la sangre. Es aquí en donde el hombre adquiere el carácter divino: se sacrifica a sí mismo para ofrendar lo más preciado que tiene: su vida, su corazón. Pues de esa muerte ritual en que el hombre representa al dios al cual se le inmola va a surgir y mantenerse la vida, el ritmo del universo, la sucesión de la noche y del día. 

Acto creativo: del sacrificio del hombre y de su muerte ritual volverá a surgir la vida al igual que de la temporada de secas vuelve, una vez más y dentro de un ciclo constante, a nacer la vida.

Y este es el sentido que le hemos dado a esta presencia de los dioses que hoy vamos a recorrer. De la cosmovisión o estructura universal con sus niveles y rumbos, pasamos al ritual ejemplificado en el juego de pelota y en todo aquello que nos lleva a la adoración de los dioses. De ahí pasamos a la concepción del tiempo y a la presencia de la dualidad vida-muerte que vemos presente desde épocas muy tempranas en Mesoamérica. Después entramos al recinto de los dioses de la vida para culminar nuestro recorrido ante el rostro de la muerte.

Lo anterior es posible gracias al poder creativo del hombre. Creó a sus dioses moldeando el barro y tallando la piedra. Así como el hombre nació del maíz y de la voluntad de los dioses; éstos nacen de la piedra, del barro y de la voluntad de manos geniales que supieron dotar de vida a la materia muerta.

Iniciemos nuestro viaje para estar, frente a frente, ante los dioses hechos por los hombres. Si bien nuestra línea rectora son los dioses del centro de México, tenemos derivaciones hacia las deidades de otras regiones de Mesoamérica que están presentes con toda su carga ancestral y como ejemplo de que los dioses, en todas las épocas y en todas las circunstancias dentro del tiempo y espacio mesoamericanos, fueron obra de los hombres que un día decidieron dejar su poder creador en manos de los dioses...

Otoño de 1995.
EDUARDO MATOS MOCTEZUMA




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